Lejos donde caen los valientes

domingo, octubre 16, 2016

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Me había dicho que la vida le dolía: “me duele la vida”, fueron sus palabras, queridos amigos, y sé qué es que la vida duela. Y duele porque se nos agotaron las esperanzas sobre el nochero. Se nos inundó el cuarto de las aguas de la ausencia. Sí, porque fue una Ausencia lo que se aproximó; es una especie de Dios que se aísla y que se manifiesta con Presenciasausenciaspresencias. La vida le duele. Y también le arde. Le arde abrasada por las sin respuestas del Más Allá; le arde sobre el tejado de los porqué; encima de los dolores naturales de las enfermedades. Le arde y no hemos encontrado la cura para la quemada vacía.

Amigos, a mi amigo le duele la vida. Y no es algo que hemos podido superar. A él le duele, a mí, al resto, a los demás. Nos duele porque no nos alcanzó el versículo memorizado para pelear en contra de las sinrazones. Y nos duele, mucho más, con las esperanzas falsas que nos vendieron que no pretendían mostrarnos a Jesús.

Porque a este Jesús, estimados, también le dolió su vida sobre el Jardín hacia la Muerte. Un llanto seco de “pasa de mí esta copa”, mientras caían las lágrimas de sangre desde la frente. Y no han pasado las copas del sufrimiento por existir, ni allá lejos, donde caen los valientes y los cobardes, ni aquí, donde el interior se debate entre la vida y la muerte.

"Me duele la vida", me dijo una vez, y no tuve respuestas, ni humanas ni teológicas para consolar lo inconsolable: una vida que duele.

"Me duele la vida", y no sé cómo se hace para que la gente no le duela los pasos sobre el camino.


"Me duele la vida", y yo lo entiendo porque sé qué es eso, en mi vida, en las calurosas mañanas de Barranquilla.

Esa sombra de vida que me ilumina la vida (I)

miércoles, julio 29, 2015

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Nos tocó una religión violenta. Algo así te dije, mi amigo: nos tocó lidiar con una religión que asumía un dios inconcluso y amador de sangre derramada. Sí, ya sé que en otro tiempo, amigo amarronado, pude creer estas verdades; incluso, afirmé con vehemencia su irrefutable certeza. Sí, ya sé también, mormón extraviado, que por años se enseñó eso, porque nos era más fácil para todos asumir una paga por los errores que comentemos.

Es por ello, acompañador de perros calientes, que ese día, en aquel bus de regreso a casa –y no a la realidad-, te dije que los “cristianos” parecían que le hicieran un culto a la sangre, a la violencia, a la venganza y a la guerra. Y yo te dije, con cortas palabras, que no creo que ese sea el dios de Jesús: ése es el dios de la religión que nos enseñaron.

Porque sí y, por supuesto: la visión de los hagiógrafos no es, por regla simple, lo que es Dios. Ya se me juzgará de juzgar la autenticidad de la inspiración divina. Y te diré que, en la penumbra de mi tormenta, en el silencio de los pájaros en el día y en la lluvia que cae sobre mi mente, poco o nada me importa los ataques religiososangrientos de los demás. Sin temor a dudas, el dios de las venganzas y las muertes no es el dios de Jesús.

Y es que, estimado hermano mayor del Chimila1, el centro de nuestra predicación ha sido la cruz: ese pedazo de madera manchada por la sangre, pero donde se resaltó la muerte sobre la vida: Un dios que venga mis fracasos sobre la muerte de un inocente. Un dios que se separa de sí mismo para vengar mis pecados. Un dios anunciado desde Sinaí que es intolerante, intransigente, vengativo, castigador e, incluso, malvado para alguien como yo.

Nos tocó una religión que resalta más la muerte del inocente, y que, por más que quiera, al anunciar que han sido pagados mis errores, me los tiran en cara todo el tiempo, me golpean con ellos, me asustan debajo de la sábana, me vomitan sin piedad, me sentencian mi injusticia, me arropan con la muerte. Una religión que no es, ni tiene que ver con Jesús.

Jesús, por el contrario, vivió para vivir, si me permite decirlo, otrora amado compañero de gimnasio. Vivió para dar vida, y para resaltar la vida sobre la muerte. El “se hizo carne” manifiesta el interés por la vida: su encarnación da cuenta de esto, su humanidad trasciende. Mi reconciliación está dada en su vida, nunca en su muerte. Su sangre derramada no me reconcilia más de lo que su sangre no derramada lo hizo en su andar en este planeta.

Así las cosas, la muerte en la cruz, no es sólo una parada de un dios que pone nuestros pecados en él; es, más bien, el tránsito donde se resalta mis errores que pasan por alto, donde muero sin morir. Y donde Dios prefiere el perdón y la resurrección de mis fallas. Porque, excompañero de estudio, para quienes creemos en la Resurrección, ésta es la evidencia fehaciente que la muerte no era el mensaje del Salvador. Que la muerte en la Cruz alcanzó su cenit cuando se nos concedió un perdón de Dios, pero que la vuelta a la vida  del Salvador, arremete contra ese dios justiciero, y lo sepulta, no en una tumba de resurrección, sino en una irremediablemente imposible de ser rescatada.


        1.  Los chimilas son una comunidad indígena. Su nombre, en su lengua, es Ette Ennaka. 

UN SACRIFICIO DESACRIFICADO

martes, enero 06, 2015

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En esa ocasión, amigo de lejanas tierras, leí Lucas 5: 33-34, y me encontré esto: "Algunos dijeron a Jesús: 'los seguidores de Juan, habitualmente, oran y ayunan; también los seguidores de los fariseos, pero los que te siguen a ti sólo comen y beben todo el tiempo'. Jesús les aclaró: '¿Pueden, cuando hay una boda, los invitados del novio dejar de comer, sobre todo si él está con ellos? Llegará el día en que el novio se les quitará; ahí tendrán que ayunar'".

Al analizar el texto, recordé que, por mucho tiempo, nos enseñaron que, para acceder y recibir cosas de Dios, había que hacer grandes sacrificios, grandes trabajos y grandes esfuerzos. Con base en estos, Dios respondía, y se argumentaba que, lo que recibiera, todavía era por Gracia. ¿Qué se hace ahí, estimado ex-pelilargo de mi cariño?


Siempre me pareció una contradicción entre mi 'gran esfuerzo'  para conseguir algo, y la respuesta de un Dios de Gracia que respondía según mi 'sacrificio'. Es decir, me cansaba de hacer una gran esfuerzo por alcanzar las nubes, y luego de mi gran salto hacia ellas -salto hecho por mí-, venían los restos de los demás a reclamarme que todo ocurrió por una Gracia que habitaba en las nubes.


Al contrario de todo esto, compañero de sentadillas en el gimnasio, Jesús, tomando la metáfora del novio, nos deja claro que, junto a él existe la posibilidad de disfrutar la vida, en una fiesta que él preparó, una promesa más allá de esta realidad, una Esperanza materializada y en contraste con la suerte de vida en este Más Acá.


Me puse a pensar en eso que dice Jesús: 'Llegará el día en que el novio se les quitará; ahí tendrán que ayunar'; y me pregunté: ¿Podrá el novio ser quitado? ¿Podrá irse y dejarme sin su compañía? ¿Tendré que llegar a ese punto donde mi 'sacrificio' -el ayuno (o cualquier otro sacrificio para estar cerca de Él)- sirva para menguar la angustia de no tenerlo cerca?


Repito: ¿Podrá el novio ser quitado de mi lado? Y encontré la respuesta dentro de mí, doctor de mis enfermedades humanas: No, Él nunca se iría de mi lado; Él lo hizo todo por  mí.